martes, 20 de octubre de 2009

Articulos: El Tyrano Attico

“Es preciso preferir el soberanía de la ley a la de uno de los ciudadanos” (Aristóteles, Política, III, XI).

La tiranía griega, según Aristóteles, era el gobierno de una sola persona, que reinaba como señor absoluto sobre el Estado, 1
¿De donde vinieron los tiranos o cómo podían llegar al poder? Podríamos contestar a estas preguntas, siempre actuales, a la manera de un sorites euclídico, porque la tiranía griega nacía siempre donde abundan los cerros y las montañas, 2 estos lugares, según la opinión del pensador griego, favorecían a la oligarquía y, donde existe este régimen, habrá siempre suficientes ignorantes que hacen y no saben por qué lo hacen, 3 preparando de esta manera una situación anárquica, que a su vez, según Pitágoras, abre justamente 4 las puertas para un demagogo que siempre está presente allí, donde la ley ya perdió la soberanía. 5
En la antigua Grecia nunca faltaba un demagogo que, al llegar al poder, precisamente por la ignorancia y debilidad del pueblo, se transformaba automáticamente en tirano, que según la acertada observación de M.T. Cicerón, no puede tener ni lealtad, ni afecto. Solo tiene la desconfianza y la inquietud, semillas de la crueldad, cuyo hermano es el olímpico odio. 6
Durante cuarenta y dos años ejerció Dionysio la tiranía en Siracusa, antes hermosa y floreciente ciudad griega, en Sicilia.
Dícese, que en esta ciudad existía solamente dos encarcelados: El pueblo y el mismo tirano Dionysio, pues este hombre, como nos refiere Cicerón, 7 no se fiaba de nadie en Siracusa y para su custodia personal, elegía a extranjeros, seleccionados entre los rebeldes esclavos de las familias patricias. Ese mismo acto también confirmaba la tiranía en su gobierno, pues el rey, electo por el pueblo, suele tener guardia de ciudadanos, para defender la vida de los extranjeros, mientras el tirano hace todo al revés, pues él tiene guardia de extranjeros, para protegerse de sus propios súbditos.
Dionysio, temido por todos, temía a todos, y por esta razón, él mismo era un cautivo más en su esclavizada patria. 8 Era el solitario en el interior de su castillo, que más bien parecía una cárcel y fortaleza, que palacio.
Encerrábase allí y, para no arriesgar su cuello a la navaja del barbero, se hacía afeitar por sus propias hijitas: pero, cuando las princesitas ya fueron adultas, creció con ellas también su desconfianza y, por ello, quitó de sus manos la navaja y les enseñó a rizar sus barbas y cabellos con un hierro caliente que no tenía ni filo ni punta, sino que era redondo y romo.
Su lecho estaba rodeado de un amplio foso y, para llegar a él, echaba un puentecillo de madera que era levantado después de cerrar su doble puerta. Cuando se dirigía al pueblo, hablaba siempre desde una torre alta e inaccesible. Dionysio era, por excelencia, la misma desconfianza, vestida con la toga púrpura de la crueldad.
Un día, mientras se dedicaba en el patio de su palacio al ejercicio del juego de pelota, entregó a su joven secretario, a quien quería mucho, su espada y su túnica. Uno de sus parientes le advirtió, diciendo con una sonrisa: “¡Dionysio! ¡Al entregar tu espada ahora a este muchacho, le has confiado tu vida!” A lo cual contestó el joven con una sonrisa. Pero, las risas se transformaron en el acto en lágrimas, porque Dionysio mandó a los dos inmediatamente desde el patio del juego directamente al patíbulo. A su pariente, porque había descubierto un camino seguro para matarle con facilidad; y al secretario, porque cometió la imprudencia fatal de aprobar las palabras del otro con su cara risueña.
El genio de Cartago sostiene que el tirano sólo por la voluntad de Dios puede señorear sobre la tierra. 9 A su vez, los antiguos pobladores del Ática, opinaban de otra manera y estaban convencidos que los Dioses sólo toleraban a los tiranos hasta que la resistencia de los esclavizados pudiera acabar con ellos. Consideraban los antiguos que, conceder la soberanía de una sola persona, es hacer omnipotente al hombre y despertar al mismo tiempo la bestia 10 que amenaza no solo la riqueza de pocos, sino la libertad que pertenece a todos. 11 Por esa razón, opinaban los helenos que el tirano no podía ser justo y por ello ni útil, ni honesto, sino al contrario, violador de las leyes, ladrón de la soberanía, y verdugo del pueblo. 12
Dice Aristóteles, que en todos los hombres el amor a la libertad nace del principio de que el corazón es imperioso y no quiere someterse jamás. 13 De ahí, surge son fuerza tempestuosa la rebeldía que llama a un pueblo entero para defender la libertad.
Los filósofos, 13’ que estaban convencidos que, si el rey de las abejas no tiene dardo, entonces el tirano también puede tener por lo menos oído. Por ello, se contentaban con aplacar la ira de éstos, por medio de buenos, pero impotentes consejos. Uno le advertía a un tirano que “admirable es disponer de todo y sin embargo no desear nada”. 14 Polibio consideraba cuán feliz es el poderoso, pero que sería doblemente feliz, si pudiera dejar el poder. 15 Pytaco recomendaba a un cruel iracundo que el perdón es mejor que el arrepentimiento, y Períandro advertía a otro, que en vez de tener guardia costosa, sería mejor protegerse con el manto sagrado de la benevolencia. 16
Las recomendaciones de los sabios jamás surtieron efecto porque los tiranos no suelen renunciar; quizás por la causa que Jason nos cuenta, diciendo que el tirano se moriría de miseria, si cesara de gobernar, ya que no había aprendido a vivir como simple particular. 17
Por esta razón, la tiranía en Grécia, siempre tuvo que ser derrocada con violencia. Largo sería el luctuoso fin de los tiranos en Ática: sólo cabe recordad aquí el caso heróico y al par tragicómico de Zenón de Elea quien, según nos informa Hercalidas en el Epítome de Satyro, en su intento de asesinar al tirano Nearco, fue aprehendido y llevado ante éste. Al ser interrogado sobre la identidad de los demás conjurados Zenón, con el índice acusador señaló a uno por uno a los amigos del tirano, que estaban a su alrededor.
El sorprendido Nearco los mandó inmediatamente al suplicio y, al quedar solos, le preguntó a su cautivo Zenón, si podía decir todavía algo más. “Si –le contestó este- pero lo que tengo que decirte, es tan reservado que puedo susurrártelo únicamente a tus oídos.” El tirano Nearco se inclinó entonces adelante, y Zenón tomo la oreja de éste con sus dientes, y no la soltó hasta que lo acribillaron a estocadas los otros conjurados. 18 Zenón con su método hizo escuela y así, Aristogitón, auxiliado por Hermodio en la misma forma, libró a Atenas del tirano Hippías, el hijo de Pisistrates. 19
El temperamento rebelde del griego antiguo concedió solamente poco tiempo para un tirano. Quizás, por ello, cuando preguntaron a Thales, que es la cosa más rara en Grecia, él contestó: “¡El tirano viejo!”
Multus timeat, quem multi timent! (al que temen muchos, debe cuidarse de muchos), dice la sentencia de Syrus Publius, y, entre los muchos jamás faltan algunos valientes que preferirían la alternativa, matar al tirano, o morir bien, evitando el peligro de vivir mal. 21 Sabían luchar por la libertad de su pueblo y si tenían que morir, seguramente pensaron lo mismo que dijo el inmortal Cicerón:
“La suerte de mi Patria, después de mi muerte, no me preocupará menos que en este momento de angustia, cuando todavía tengo mi vida, que en cualquier momento puedo ofrecer por ella”. 22

NOTAS:
1. Aristóteles, Política, III, 5. La tiranía es una monarquía que solo tiene por fin el interés personal del monarca… la tiranía, como acabo de decir, es el gobierno de uno solo, que reina como señor sobre la asociación política
2. Idem ut supra, Política, IV, 10. …en cuanto a los medios de defensa, la naturaleza y la utilidad de emplazamiento varían según las constituciones. Una ciudad situada en lo alto conviene a la oligarquía y a la monarquía; la democracia prefiere para esto la llanura. La aristocracia desecha todas estas posiciones y se acomoda más bien en alguna altura fortificada…
3. San Agustín, De Civitates Dei., VI, II (cit. Séneca).
4. Jamblichos, Pythagoras, XXX, 175. “…katholou de conto dein hypolambánein médenai médèn einai meidzon kakón anarkhías, ou gar pephoukénai tòn anthropon diasodzesthai médenòs epistatountos”. (La cosa peor es la anarquía, pues el hombre podría de acuerdo a su naturaleza, ni siquiera sobrevivir si no tuviera alguien, que estuviere sobre el mismo).
5. Aristóteles, Política, VI, 4. En efecto, en las democracias, en que la ley gobierna, no hay demagogos, sino que corre a cargo de ciudadanos más respetados la dirección del gobierno. Los demagogos sólo aparecen allí, donde la ley ha perdido la soberanía.
6. M.T, Cicero, Lael de omit., XV. “Haec est tyrannorum vita, nimirum, in qua nulla fides, nulla charidad, nulla stabilis benevolentiae potest ese fiducia: omnia sempre suspecta, atque sollicita, nullus locus amititiae.”
7. M.T. Cicero, Cuest. Tusc, V
8. Los hombres, cautivos de la guerra, a los cuales –según Florentino- el jefe del ejército quería conservar para realizar trabajos, eran los consevi o brevemente servi o servus, en castellano siervo. También estaba muy en boga la palabra esclavo, cuya historia es la siguiente: Cuando los Otones ocuparon Sclavonia, hoy conocida con el nombre de Croacia, privaron a todos sus habitantes –llamados Sclavi- de la libertad. Desde entonces en adelante, semejante acto todavía se llama esclavizar a un pueblo, cuyos habitantes conservan al victorioso con vida solamente para que trabaje: pues… “¡el siervo sirve para servir,”
9. San Agustín, De Civ. Dei., V, 19.
10. Aristóteles, Política, III, II. Pedir soberanía para una persona, para un rey es hacer soberanos al hombre y a la bestia; porque los atractivos del instinto y las pasiones del corazón corrompen a los hombres cuando están en el poder, hasta a los mejores; la ley, por el contrario, es la inteligencia, sin las ciegas paciones.
11.Aristoteles, Política, III, 5. …la riqueza pertenece a pocos, pero la libertad a todos. Estas son las causas de las disensiones políticas entre ricos y pobres.
12. Idem, ut upra, III, II
13. Idem, ut upra, IV, 6.
13. L.A. Seneca, De clem, XIX
14. Polibio Megalopolitanus, Historia, XXXII, c. 8. Admirable es disponer de todo un reino y no desear nada de lo que en él se encuentra.
15. Polibio Megalopolitanus, Historia, XXXIV, c. 16
16. Diógenes, Laertius, Períandro.
17. Pens. Jasón.
18. Diógenes, Zenón de Elea.
19. L.A. Seneca, De ira., II, 23. Conocido es aquel que, sorprendido antes de haber consumado su obra y atormentado por Hippías para que delatase a sus cómplices, nombró los amigos del tirano, que estaban en derredor suyo, a los cuales el tirano mandó uno a uno a la muerte, preguntándole si quedaba alguno para nombrar… De esta manera el mismo tirano ayudaba al tiranicida hiriendo a sus defensores con su propia espada…
20. Diógenes, Laert. Thales.
21. L.A. Seneca, Epist. Moral. No importa que uno muera más tarde o más temprano, lo que importa es morir bien para evitar el peligro de vivir mal. Por esta razón creo afeminada la contestación de aquel rhodiano que encerrado en una fosa donde un tirano le hacía morir como bestia salvaje, respondió a uno que le aconsejaba dejar de comer: “¡El hombre, mientras vive, puede tener la esperanza!” ¡…aunque esto sea verdad, no vale la pena conservar la vida por cualquier precio!
22. M.T. Cicero, Lael, XII. “Mihi autem non minori curae est, qualis res publica post mortem meam futura, quam qualis hodie sit.”

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